lunes, 24 de octubre de 2011

La libertad en nuestra democracia

Capítulo II. De lo que fue de Cándido entre los búlgaros.

Cándido, arrojado del paraíso terrenal, fue andando mucho tiempo sin saber a dónde, lloroso, alzando los ojos al cielo, volviéndolos una y otra vez hacia el más hermoso de los castillos, que encerraba a la más linda de las baronesitas; se acostó sin cenar en mitad del campo entre dos surcos. Caían gruesos copos de nieve al día siguiente. Cándido, empapado, llegó arrastrándose como pudo al pueblo inmediato, que se llama Valdberghoff-trarbk-dikdorff, sin un ochavo en la faltriquera y muerto de hambre y fatiga. Se paró lleno de pesar a la puerta de una taberna, y repararon en él dos hombres con vestidos azules.
-Camarada -dijo uno- aquí tenemos un gallardo mozo, de la estatura requerida.
Se acercaron a Cándido y lo convidaron a comer con mucha cortesía.
-Señores -les dijo Cándido con encantadora modestia- mucho favor me hacen ustedes, pero no tengo para pagar mi parte.
-Señor -le dijo uno de los azules- las personas de su aspecto y de su mérito nunca pagan. ¿No tiene usted cinco pies y cinco pulgadas de alto?
-Sí, señores, ésa es mi estatura -dijo haciendo una cortesía.
-Vamos, caballero, siéntese usted a la mesa, que no sólo pagaremos, sino que no consentiremos que un hombre como usted ande sin dinero; los hombres han sido hechos para socorrerse unos a otros.
-Razón tienen ustedes -dijo Cándido-; así me lo ha dicho mil veces el señor Pangloss, y ya veo que todo es perfecto.
Le ruegan que admita unos escudos; los toma y quiere dar un vale; pero no lo quieren, y se sientan a la mesa.
-¿No ama usted tiernamente?...
-Sí, señores -respondió Cándido- amo tiernamente a la señorita Cunegunda.
-No preguntamos eso -le dijo uno de aquellos dos señores- preguntamos si no ama usted tiernamente al rey de los búlgaros.
-En modo alguno -dijo- porque no le he visto en mi vida.
-Vaya, pues es el más encantador de los reyes. ¿Quiere usted que brindemos a su salud?
-Con mucho gusto, señores -y brinda.
-Basta con eso -le dijeron- ya es usted el apoyo, el defensor, el adalid, el héroe de los búlgaros; su fortuna está hecha, su gloria afianzada.
Le echaron al punto un grillete al pie y se lo llevan al regimiento; lo hacen volverse a derecha e izquierda, meter la baqueta, sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le dan treinta palos: al otro día hizo el ejercicio un poco menos mal y no le dieron más de veinte; al tercero recibe solamente diez, y sus camaradas lo tuvieron por un portento.
Cándido, estupefacto, aún no podía entender bien de qué modo era un héroe. Un día de primavera se le ocurrió irse a paseo, y siguió su camino derecho, creyendo que era privilegio de la especie humana y de la especie animal, servirse de sus piernas a su antojo. No había andado dos leguas, cuando surgen otros cuatro héroes de seis pies que lo alcanzan, lo atan y lo llevan a un calabozo. Le preguntan jurídicamente si prefería ser fustigado treinta y seis veces por las baquetas de todo el regimiento, o recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inútilmente alegó que las voluntades eran libres y que no quería ni una cosa ni otra; fue forzoso que escogiera, y en virtud de la dádiva de Dios que llaman libertad , se resolvió a pasar treinta y seis veces por las baquetas, y sufrió dos tandas. Se componía el regimiento de dos mil hombres, lo cual hizo justamente cuatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le descubrieron músculos y nervios. Iban a proceder a la tercera tanda, cuando Cándido, no pudiendo aguantar más, pidió por favor que tuvieran la bondad de levantarle la tapa de los sesos; obtiene ese favor, se le vendan los ojos, lo hacen hincar de rodillas. En ese momento pasa el rey de los búlgaros, se informa del delito del paciente, y como este rey era hombre de grandes luces, por todo cuanto le dicen de Cándido comprende que es éste un joven metafísico muy ignorante en las cosas del mundo y le otorga el perdón con una clemencia que será muy loada en todas las gacetas y en todos los siglos. Un diestro cirujano curó a Cándido con los emolientes que enseña Dioscórides. Un poco de cutis tenía ya, y empezaba a poder andar, cuando dio el rey de los búlgaros batalla al de los ávaros.

Voltaire, Cándido

Elige: suéter verde o suéter rosa. Elige: hipoteca eterna y jefe esclavista o libertad sin techo ni comida y limosna diaria.

jueves, 20 de octubre de 2011

La vida, Londres, aquel instante del mes de junio.



Y es que si se había vivido en Westminter -¿cuántos años ya? más de veinte-, Clarissa estaba convencida de que incluso en medio del tráfico, o al despertarse por la noche, se sentía un silencio especial, un no se sabía qué de solemne, una pausa que no era posible describir, una ansiedad (aunque eso podía ser su corazón, tocado, decían, por la gripe) que atenazaba antes de que el Big Ben diera las horas. ¡Ya había llegado el momento! Ya resonaba. Primero un aviso musical; luego, la hora, irrevocable. Los círculos de plomo disolviéndose en el aire. ¿Por qué somos tan necios?, se preguntó, mientras cruzaba Victoria Street. Sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos como la vemos, inventándola, construyéndola a nuestro alrededor, derribándola, creándola de nuevo a cada momento; porque hasta las mujeres menos atractivas que pudiera imaginarse, los desechos más miserables que se sentaban en los umbrales de las puertas (derribadas por la bebida) hacían lo mismo; estaba totalmente convencida de que ninguna ley lograría dominarlos, y por esa misma razón: la de que también ellos amaban la vida. En los ojos de la gente, en cada vaivén, paso y zancada, en el fragor y el tumulto, en los coches de caballos, automóviles, ómnibus, camionetas, hombres-armario que giraban y arrastraban los pies, en las bandas de música, en los organillos, en el júbilo y el tintineo y el extraño canto agudo de algún aeroplano que cruzaba el cielo, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, aquel instante del mes de junio.

La señora Dalloway, Virginia Woolf

-William James, "stream of conciousness": 
In talking of it hereafter let us call it the stream of thought, of conciousness, or of the subjective life.



-Isabel Clara-Simó explica este concepto: 
 

Des del punt de vista de la teoria del coneixement, vol dir que tot acte d'aprehensió es realitza a través de la consciència, però des del punt de vista literari hom considera que 
els estímuls exteriors són indestriables dels interiors -fantasies, records, associacions, experiència anterior, etc.-, i que, per tant, cal posar una extrema cura en la veu o les veus narratives, aixícom també en el temps narratiu. És a dir, es tracta de defugir per sempre el narrador omniscient i també l'omnipresent, i donar als personatges -a alguns personatges- via lliure respecte al flux interior dels seus pensaments, sentiments i sensacions: en la realització del text, ens trobem llavors amb una barreja coherent dels punts de vista narratius. Tot i que el monòleg interior és una de les formes del stream of conciousness, en el cas de la Woolf esdevé més aviat una polifonia interior.


-Virgina Woolf:
   If [the book] will float to the top of the mind as a whole. And the book as a whole is different from the book received currently in separated phrases. Details now fit themselves  into theis places. We see the shape from start to finish; it is a barn, a pigsty or a cathedal. Now then we can compare book with book as we compare bulding with building.


(Extractos de "Dones i literatura: assaigs de crítica literària - Virginia Woolf, pròleg de Isabel Clara-Simó, Columna Edicions)






sábado, 15 de octubre de 2011

Lo cotidiano

El alféizar de la ventana
respira en mi bemol.

sábado, 30 de abril de 2011

The city of dreaming spires


  Cuando el sistema educativo es un sistema de adoctrinamiento dogmático, la cultura deja de ser un modo de estar vivo para pasar a ser un distintivo de rango. Así, ir a la universidad no es una oportunidad de aprender sino de adquirir cierto pomposo prestigio y salir, cuatro años después, con un título bajo el brazo y como un borrego educado y refinado.
  Todo se disfraza bajo la gran parafernalia del dichoso progreso burgués. Pero al final, las personas no comprenden: memorizan, y un estudiante que pasa de segundo de bachiller a primero de carrera observa aterrorizado cómo sus brillantes notas descienden en picado en alguna asignatura en la que exige pensar.
  ¿Qué ha pasado ahí? ¿Qué ocurre en esa transición entre esa edad de oro que tantos mayores lamentan y esta extraña actualidad? ¿Ha habido realmente una transición, o siempre ha sido así? ¿O estamos hablando de una historia circular, de periodos que se suceden y alternan en el tiempo? Preguntas, preguntas, preguntas.





Los lunares y los puertos.
¿Violencia juvenil o juventud violentada? Un pueblo pasivo o un pueblo hecho pasivo a base de siglos haciendo caso omiso de su voz...
Esta es la playa donde nunca llegué a bañarme. Nací tarde, como siempre.
Había una playa, pero la quitaron. Había un cine de verano, pero también lo quitaron. No hay institutos públicos que cubran algo más que la educación secundaria obligatoria. Hasta hace poco no había biblioteca. Tampoco hay pubs: hay bares, eso sí, muchos bares. Pero ningún sitio al que ir a morir por la noche, al que tomarte algo escuchando buena música y hablar. Un banco en un parque, como mucho.
Todo lo que se ha conseguido, se ha conseguido a base de arañazos, de protestas, de luchas, de insistir, de resistir ante una indiferencia, una sordera que no es casual. Sería fantástico que la gente, cansada de vivir en un barrio "que solo tiene problemas" (nótese las comillas), con narcotráfico, con miseria, sin ningún lugar de ocio en el que relacionarse, sin demasiados lugares para formarse, se embarcara en un exilio masivo, como la diáspora de los judíos, hacia otra parte.
Entonces Valencia tendría el mayor puerto de todos los puertos, el más grande, el más bonito, el más de todo. Engulleron la playa, engulleron la huerta...Por qué no un barrio.
De este modo, el hecho de quedarse deja de ser un acto de resignación y deviene en un acto de rebeldía. O las dos cosas al mismo tiempo.
Nazaret, la patria de los apátridas, de muchos que se han ido (por voluntad, por necesidad, por obligación) y siguen luchando por él, viviendo en él, pensando en él, la bandera por la que no se mata sino por la que se educa, el símbolo, la cuna de todos los ideales, el objeto de amor y odio a partes iguales.
Un país triste.